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Entre Ellos
por Marcelo Zanelli / Foto: Cristobal Zanelli
ESCRITOS CON ESA VITALIDAD QUE SÓLO UN POST OPERATORIO NOS REGALA, ESTE RELATO ENSAYA EL TONO DE UNA POSIBLE PRIMERA NOVELA DE MARCELO Z. SI SE PUBLICARA HOY –SI YA ESTUVIERA TERMINADA–, LA OBRA ARRANCARÍA CON ESTA DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS: “ESTABA A PUNTO DE TATUARME EL SÍMBOLO DE LA PAZ, PERO OPTÉ POR EL DE MERCEDES BENZ”.

No vi nada extraño, sólo escuché voces, después nada. ¿Qué cosa me inyectaron? ¿Y las dos pastillas anaranjadas? ¿Qué eran esas pastillas anaranjadas? Oia, ¿y qué es esa jeringa colgando de mi brazo izquierdo? No me duele. No me duele ni un poco la jeringa colgando de mi brazo, qué raro. Ya pasó todo, como pasan las nubes. Tengo puesto un solo auricular y el otro no. Lanzado como estoy sobre la cama, de costado y de perfil sobre la almohada, me distraigo observando cómo el aire que no puedo ver infla y desinfla una bolsita que cuelga junto al suero de mi vecino. El aliento que va y viene como un alma indecisa. No es mi tema, el alma. No hay interferencia a pesar de la cantidad de máquinas que hay por todos lados y la radio se escucha muy bien. La bolsa se infla, salió el alma, se desinfla, volvió a entrar en el cuerpo.

No puedo ver al hombre y cuando voy al baño evito mirar hacia ese lado por temor a qué veré. Con el rabillo del ojo –que es la mirada periférica que tienen los grandes deportistas, y que tengo yo, salvo que me faltó jugar bien para ser gran jugador– veo la máscara por la que le pasan el oxígeno. El alma, o lo que sea eso, tiene un tono marrón, color suela, marrón claro. La bolsa tiene ese color adentro. Llamo al enfermero que está de guardia, justo el único que me trata mal, y lo hace. El doctor me dijo que tengo que modificar algunos hábitos y no digo nada. Inteligente es toda aquella persona que no te invita a ser estúpido como el relator que me está sacando de quicio.

Al azar cambio a otra frecuencia que está pasando música. En fin, “se podrá apagar esa luz que me da directo en la cara”, le digo. “No, no se puede”. Así, cortante, el enfermero confirma mi intuición y demuestra mi hipótesis. Teoría e intuición me dicen que en lugares así lo mejor que uno puede hacer –además de no morirse, esto hay que saber manejarlo– es hacerse odiar lo menos posible. Ser simpático y bueno, amigable y educado con todo lo que se te cruce. Si hay algo urgente, a lo tuyo nadie le prestará atención, a no ser que sea igual o más urgente, en ese caso vas a sorteo. Sí, claro, la máquina a la que estás conectado: máquina extraña, un robot de los buenos, programado para tenerte en cuenta. Mide todo: ritmo cardíaco, frecuencia de no sé qué, algo de la respiración y cada hora te toma la presión. De pronto algo te oprime el brazo y te toma la presión. La primera vez te sorprende, después, como a casi todo, uno se acostumbra. Ya se encargará mi robot bonachón de avisar con un silbido, de dar la alarma, de encender las luces de posición. ¿Se podrá? Consulto de nuevo. “No, ahora no”.

La urgencia está ahí y miro: la bolsa que inhala y exhala perdiendo el tempo, corriéndose del compás. Se dice y se escribe “enfisema” y no “efisema” que es lo que tiene este vecino y sin apagar la radio busco en internet: “Enfisema es una tumefacción producida por aire o gas en el tejido pulmonar, en el celular o en la piel”. Pero también dice que es una hinchazón. Hubiera jurado que se decía “efisema”. Hinchazón suena poco serio. De pronto la señora se queda ahí, parada, quieta, sin moverse, inmóvil junto a la cama, como en una pintura de Courbet, pero con luz de tubo, solloza. No puedo oírla porque estoy escuchando música y el vidrio que nos separa silencia todas las lamentaciones. Se me llenan los ojos de lágrimas…

¿Cuatro a cero? ¿Cómo cuatro a cero? ¿Perdimos cuatro a cero? ¿En qué momento pasó eso? La mujer ahora llora. Es la hija, pienso. El esmerilado de los vidrios deja ver sólo la parte superior de la espalda, no sus manos. ¿Estarán acariciándole la frente? ¿Tirándole el pelo hacia atrás? Eso, el pelo hacia atrás porque lo despeinaron al quitarle la máscara. Dos hombres pasan por el pasillo, no los miro. ¿Los hijos de la señora? Tampoco ellos me miran. Uno, el de bigotes, pasa secándose las lágrimas (otra vez la mirada periférica). No se besan, no se abrazan. No pasan el brazo sobre los hombros de la mujer. Sólo el silencio entre ellos. Casi contra la pared, miran al piso, miran hacia abajo, tal vez no al piso sino a algo que yo no puedo ver. Miran al piso porque se ruega para arriba y se entristece para abajo. Se llora de desesperación hacia arriba y se llora de tristeza hacia abajo. Se apagó el monitor. Se llevaron el suero y el alma color suela humeante quedó en la bolsita como un genio atrapado, hamacándose.

–Vas a ver un poco de movimiento. ¿Cierro la cortina?

–No, no me angustio, doctora.

Murió es una palabra más apropiada que falleció, pensé. No se fallece, se muere.

–¿Preferís que corra la cortina?

–No, no hace falta.

No puedo verlos ni escucharlos. Veo los hombros de la mujer que solloza, suben y bajan descompasados. Las caras serias de los hombres que lloran. Las cortinas se cierran formando un arco de modo que por un momento estoy en un cuarto circular. Un flash informativo dice que un equipo perdió y que ya está en la B. Me quedo dormido.

A la mañana siguiente, mientras me sacan sangre, escucho la voz de una mujer: “¡Enfermera, enfermera! ¡Necesito ir al baño y no me puedo mover! ¡Enfermera! ¡No aguanto más!” Desayuno y leo: “Comparada con las nubes, la vida parece tener los pies sobre la tierra, se diría que es inmutable y prácticamente eterna”. Que no haga enojar a las enfermeras, que no les grite así. Que no lo haga. Por favor, te lo ruego, pero no puede escucharme.





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