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Mi estante siciliano y una carta dibujada
Por Patricia Piccolini
Más que una carta, una partitura de amor. Patricia P. despierta de su biblioteca el eco de un idioma para dos: ideogramas que contrabandeaban los secretos de una pareja entre Sicilia y Hamburgo. Los lectores están invitados a intentar su propia traducción antes de internarse en la que se propone en esta nota.

En mi biblioteca tengo un estante dedicado a Sicilia casi de punta a punta. Anoto de memoria: hay varios Sciascias, un libro sobre el Barroco del Val di Noto, uno muy gordo de recetas de cocina, uno de la Sicilia antica, otro de la Sicilia musulmana, uno del arte sículo-normando, la Lonely Planet, Ed è subito sera, de Quasimodo, que leí salteado, y un DVD con La terra trema de Visconti, una bella rareza de Eudeba. El Gatopardo ya sé que no está y hace mucho que no lo veo; lo debo haber prestado o se me debe haber traspapelado en la última mudanza. De Gesualdo Bufalino tengo Perorata del apestado, Las mentiras de la noche y dos Argos el ciego, uno traducido y el que me compré en una librería de Siracusa para leer en Modica y ver, al mismo tiempo, lo que veía Bufalino cuando escribía o recordaba. También hay dos recopilaciones: una de artículos suyos, La luce e il lutto (Sellerio, 1988), y una lindísima de textos sobre Sicilia que Bufalino organizó con el profesor de literatura Nunzio Zago, y donde escriben desde Virgilio hasta el juez Giovanni Falcone, que murió asesinado por la mafia en la autopista que une el aeropuerto de Palermo con el centro de la ciudad. Aunque nació en la capital de la isla, a Natalia Ginzburg la puse con los otros italianos. En el estante hay mucho azul, por las cubiertas de Sellerio, en ese precioso papel Fabriano martillado.

Bufalino me gusta mucho, pero me complica porque escribía con todas las palabras del diccionario, así que con La luce e il lutto fui muy lentamente. El libro recoge una treintena de artículos publicados entre 1982 y 1987. “Mensajes de ‘lenguas cortadas’” está casi al final, y también está, pero abreviado, en Cento Sicilie, la recopilación de Bufalino y Zago. Es mejor leerlo completo, para saber cómo Bufalino se enteró de la historia.

Es así. Salvatore Cosentino, farmacéutico y periodista de Mirabella, Catania, reunió en un librito −inédito al menos en ese momento− historias de migrantes sicilianos que se radicaron en Alemania, de ellos y de sus familias, las que los acompañaron y las que se quedaron. Entre esas historias está la de una mujer joven que vivía con sus tres hijos pequeños y su suegra, ya anciana, en Caltagirone; su marido había conseguido trabajo en una fábrica de Hamburgo. Los dos eran analfabetos, pero se escribían cartas en un lenguaje de pictogramas que habían acordado antes de separarse. El farmacéutico −no se explica la razón− conservaba una carta de la mujer, fechada en 1973, que Bufalino reproduce en su libro y yo ahora.

Bufalino piensa que la pareja buscó preservar su intimidad y no confiar la escritura y la lectura de sus cartas a un amanuense, e imagina al hombre en un descanso de su trabajo en la fábrica abriendo el sobre a escondidas para evitar la vergüenza de ser visto por sus compañeros. Para la mujer la escena es distinta: sentada frente al hogar ha llamado a los integrantes del pequeño grupo familiar a escuchar lo que el padre lejano tiene para contarles. Explica cada cosa varias veces ya que la mucha o poca edad de los oyentes hace difícil la comprensión. Esas cartas, dice Bufalino, pertenecen a otros tiempos de la historia, tiempos prealfabéticos, de trazos simples en la arcilla o en las paredes de piedra, de emociones elementales y vehementes: el hambre, el sexo, lo mío, lo tuyo, el trabajo, el buen tiempo o el malo, confusamente Dios… Esas cartas son fósiles que viajan del Mediterráneo al Mar del Norte, del Mar del Norte al Mediterráneo. Y ensaya la traducción de la única que ha llegado a las manos de Salvatore Cosentino. Quizás, antes de pasar a la traducción de la versión que propone Gesualdo Bufalino, los lectores quieran encarar su propia interpretación de la carta.

Mi traducción de la traducción

Bufalino traduce la carta así:

Amor mío, mi corazón está atravesado por tu recuerdo y te tiendo los brazos junto a nuestros tres hijos. Con buena salud yo y los dos grandecitos; indispuesto, pero no gravemente, el pequeño…

No he recibido respuesta a la última carta que te he escrito, y eso me hace sufrir. Tu madre se ha enfermado y está internada en el hospital. Estoy yendo a visitarla. No temas: no voy con las manos vacías ni sola, dando pie a las habladurías. Me acompaña nuestro hijo del medio, mientras el mayor se queda en casa a cuidar al menor…

He dispuesto que dos jornaleros aren y siembren nuestra pequeña finca. Les he dado 150.000 liras...

Se han realizado las elecciones municipales. He votado a la Democracia Cristiana, como me ha sugerido el párroco. El Partido Comunista ha sufrido una gran derrota; están como muertos, en un féretro. Pero que ganen unos u otros es lo mismo. Nada cambia para nosotros los pobres: hemos cavado ayer y cavaremos mañana…

Muchas olivas este año de nuestros olivos. El hombre y los dos muchachos que contraté, uno para sacudir las ramas, los otros para recoger las olivas que caen a tierra, me han costado 27.000 liras. He gastado otras 12.000 en el molino de aceite. He obtenido tanto aceite como para llenar una tinaja grande y una pequeña. Me darán el precio del momento, que es de 1300 liras el litro…

Mi amor lejano, mi corazón te piensa. Ahora, sobre todo, que viene la Navidad y quisiera estar junto a ti, corazón con corazón. Un abrazo, entonces, mío y de nuestros tres hijitos. Adiós, amor querido. Mi corazón es tuyo y te soy fiel. Estoy unida a ti como lo están nuestros dos anillos.



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