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Eloísa Oliva
INMERSA EN EL TRABAJO DE UN CALL CENTER, ELOÍSA DETECTA Y LIBERA LAS HISTORIAS ENCERRADAS EN LOS IMPULSOS ELÉCTRICOS QUE CRUZAN POR SUS HEADSET. REPRODUCIMOS ALGUNOS POEMAS DE EL TIEMPO EN ONTARIO Y UNA BREVE INTRODUCCIÓN A CARGO DE SU AUTORA Y MÉDIUM.
En el año 2008 decidí que necesitaba trabajar de lo que fuera. Conseguí que me tomaran en una empresa norteamericana que hacía auditorías de call centers para Canadá. Así empezó un ciclo definido por la inmersión en la normalidad más rara que se me hubiera ocurrido: levantarme antes de que salga el sol, tomarme un trolebús, ir a una oficina vidriada en un sexto piso y estar sentada frente a una computadora ocho horas por día, con un headset para escuchar llamadas que se hacían desde Canadá o Filipinas tratando de vender servicios telefónicos. De lunes a viernes todos los días. Se me hacía bastante trasparente la rareza del mundo del trabajo, o de ese trabajo, el de los calls.

Todos los días las voces que escuchaba eran las mismas, y me divertía descubrir quién hablaba. Después de un tiempo, en la monotonía de esas jornadas laborales, cada voz empezó a tornarse particular: sus tonos, inflexiones, matices y formas de pronunciar las palabras. Lo mejor de la monotonía es que permite afilar la percepción: las cosas de tan repetidas se vuelven extrañas y brillan, a veces.

De a poco cada voz fue cobrando, además de singularidad, espesor. Un espesor que le dieron ciertos datos perdidos en alguna llamada, o ciertos ejercicios de mi imaginación.

Una noche no podía dormir y me puse a escribir la primera de esas historias, el primer poema (que no es el primero del libro). Y ahí encontré una especie de método para traducir esa experiencia en un lenguaje familiar. Y como el lenguaje familiar para mí es encontrar la poética en la historia, la forma de contarla, bueno, el resultado natural era el libro. Un libro hecho de historias, de esas historias que hay en cada parte de esa gran masa de seres humanos que habitamos el siglo veintiuno.

James

James Lawrence vive en Sault Saint Marie
su voz es afelpada y grave
y sueña con ser
el galán de la tarde.
Una mujer contesta el teléfono
pregunta cómo está el tiempo en Ontario.
Está ventoso, dice James, la nieve
ha comenzado a deshacerse
y se insinúa en el aire
la próxima primavera.
No hay
ruidos de fondo
en la llamada grabada,
sólo la voz de la mujer
pregunta cosas y espera.
Después del tiempo, los problemas
con otra compañía,
y luego los antiguos
viajes de la mujer a Ontario.
Ella pregunta por bares
desaparecidos hace tiempo,
el parque y algunos nombres de calles que James
no conoce. Entre ellos
nace algo
parecido a la seducción.
James sabe
que sus jefes lo escuchan
e intenta
retomar el guión, pero ella
no se resigna y arriesga
un toque más personal
tenés dos nombres, dos apellidos
Disculpe?
tenés dos nombres, dos apellidos
los dos ríen
con una risa tonta
y se despiden.
El número se desvanece,
pero antes
de la próxima llamada, James imagina
un instante las rutas
que lo llevarían a Alberta,
las líneas de cobre
temblando en los postes,
mientras grandes pájaros oscuros
sobrevuelan los bosques de pinos.

Maggie

Le gusta ir en ómnibus a la oficina
poner en un walkman
viejos casetes de su mamá: guitarras y
voces lentas, desesperados cantos
de amor y paz. Maggie
no entiende esa desesperación:
el mundo es una superficie, y no hay
mucho más
que preguntar. Sin embargo, parece
una niña otra vez
esta mañana de mayo
mientras escucha canciones
camino al trabajo, y recuerda la luz
de la primavera en el océano.

Shawna

Shawna ofrece
internet de alta velocidad.
La atiende una mujer
que escucha con paciencia:
Este es un servicio que pueden disfrutar
Usted y su marido. Shawna es amable, tiene una voz dulce
y áspera, de edad
indefinida.
Parece cubrirte con una manta cada vez
que te habla.
¡Oh, querida!, dice la mujer
al teléfono,
tengo ochenta y cuatro años, mi marido se fue hace cinco,
estoy completamente sola, eso no me serviría.
Shawna vive en Winnipeg y escucha
canciones de la Velvet Underground,
cuando era más joven
fue hermosa y también
heroinómana.
¡Oh, señora!, dice estirando su manta sobre ella,
no quería molestarla, gracias por su tiempo.
¡Oh no, querida, no es un problema!,
yo les agradezco
por las cosas bonitas que siempre me ofrecen
contesta la mujer, desde la
frontera del mundo.
Su mano
casi se deshace
mientras cuelga el teléfono y
se acomoda el peinado.

Sherry

A Sherry Pengui le gusta el rap
sueña
con un pelo afro
coronando
su blanca cabeza
Sherry tiene una colección de canciones
en su mp3.
Cada mañana, por las calles de Welland
Despeja la nieve
con sus zapatillas
y escucha alguna
de esas canciones.
Más tarde en su box
se pone el headset y ensaya:
Esta es la cuestión / señora / lo que hoy
le puedo ofrecer / ningún otro
negro /
se lo ofrecerá.
Moviendo los brazos, baila
de espaldas a la cámara
que vigila sus movimientos.

Cada vez que Sherry
logra vender
con el ritmo
que imprime a su guión
disfruta
un instante
la gloria.




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